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La conexión humana: de Italia a Zaragoza

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Esta es la historia de cómo dos italianas le robaron el corazón a un grupo de amigos universitarios españoles.

Hay algo en la naturaleza humana que obliga a las personas a salirse de su zona de confort, a ponerse en situaciones que suponen un reto. Hacer un Erasmus no deja de ser eso, un gran reto que superar ocasionado por que las ganas de salir de casa y de explorar el mundo son más fuertes que la comodidad de mantenerse en lo que ya se conoce.

En España, el cuarto curso del grado universitario es la oportunidad perfecta para participar en el programa de intercambio Erasmus —si no lo has hecho antes. En Italia, es el segundo año de máster. Cuarto es el año de las últimas veces, de las despedidas y de enfrentarse a un futuro incierto. Como estudiante —pero como persona sobre todo— quieres aprovecharlo al máximo porque sabes que ya no verás todos los días a esa gente que hace tres años eran unos desconocidos pero que se han convertido en verdaderos amigos. La tristeza viene cuando varios de ellos deciden afrontar el reto del Erasmus en ese último año —aunque se comprenda bien por qué lo hacen y se disfrute de su alegría. Dejan un vacío difícil de llenar. Pero esta no es una historia triste. Como he prometido, es el relato de cómo la cultura italiana y la española se “enlazaron”.

Empecemos rápidamente por el principio: septiembre. El verano son tres meses intensos, en los que se rompe con la rutina. Algunos estudiantes invierten su tiempo en descansar, otros en hacer prácticas en empresas, en volver al pueblo, en viajar o en vivir experiencias de intercambio cultural. Sea lo que sea, en septiembre todo acaba. Es momento de volver a la normalidad de la universidad. Llega la hora de retomar las clases. Después de tres años, aunque uno estudie lo que más le gusta, es normal estar un poco quemado. Esto sumado a que no verás a algunos de tus amigos en mucho tiempo, hace que no se empiece el curso con el mejor de los ánimos. Pero todo el plan preconcebido que te has podido formar en la cabeza se disipa cuando aparecen —sin esperarlo— dos estudiantes Erasmus.

Es difícil distinguir quién se acercó a quién antes. Si fueron las chicas italianas o los españoles. Fuera como fuese, la realidad es que se creó un vínculo especial y no muy común entre estudiantes Erasmus y estudiantes de la propia universidad. Aristóteles definió al ser humano como un animal social, algo que se ha demostrado a lo largo de la evolución humana. La experiencia Erasmus es una muestra más de ello. La riqueza del programa reside en el intercambio cultural que se produce entre las distintas nacionalidades que se juntan.

Pongamos, por ejemplo, que el primer paso para que se diera ese intercambio español-italiano vino de la mano de las dos chicas italianas. El bautizado, por todos ellos, como primer ‘PASTA PARTY’ se produjo tan solo una semana después de que se conocieran. Como no podía ser de otro modo, los españoles no rechazaron cenar unos macarrones con tomate y mozzarella gratinados al horno hechos por personas que venían del país de la pasta por excelencia. Acudieron al piso donde vivían las italianas y allí, además de disfrutar de una exquisita pasta, descubrieron más culturas. En esa casa vivían también otras cuatro chicas de Gran Bretaña, Noruega, Alemania y Grecia.

A partir de ahí comenzaron más intercambios, sobre todo gastronómicos. El grupo de amigos españoles invitaron a las italianas a una cena con tortilla de patata, jamón, salchichón, etc. Es decir, si ellas les habían cocinado una comida típica de Italia, nuestros compatriotas no iban a quedarse cortos. Afortunadamente, salieron de la cena encantadas, si no, puede que la historia hubiera terminado esa misma noche. Siempre que coincidían —en clase y fuera—, los estudiantes se entendían a la perfección y disfrutaban de su tiempo juntos.

Los días pasaban y, cada vez con más frecuencia, las italianas los invitaban a su piso ya fuera para cenar, hacer trabajos de la universidad o, simplemente, pasar el rato. Ambas partes estaban zambullidas en la cultura de la otra. Además, en ese piso, cada día pasaba algo nuevo. Cuando no se aprendía una palabra en italiano, se enseñaba a hacer la verdadera salsa carbonara —con huevo y sin nata, por supuesto—, o intentaban imitar el acento inglés británico.

No hay que olvidar tampoco, que el Erasmus es sinónimo de fiesta. Tapas en la Magdalena, cenas en el Mercado Central, Kenbo, Karaoke, Sala Z… Los españoles intentaron seguirles el ritmo, pero hay que reconocer que los erasmus están hechos de otra pasta. Las compañeras de piso vivieron decenas de experiencias que nunca olvidaran. “Zplorearon” la ciudad, vivieron los Pilares, hicieron el camino de Santiago sin salir de Zaragoza, enseñaron insultos en otra lengua a sus abuelas, tuvieron un susto con Dualingo, hicieron un viaje a Marruecos en el que pasó de todo, inventaron un código propio en un viaje en Nochevieja a Madrid, intentaron que una Noruega aprendiera la letra completa de la canción de Shakira y Bizarrap, y otras muchas cosas que permanecerán en secreto.

Después de cinco meses y de muchos momentos compartidos, llegó el momento de decir adiós. Una última pasta al horno, una última tortilla de patata. La última fiesta. Muchos abrazos de despedida y un fantástico abrazo grupal. Sabían que era el momento de despedirse, quizá, para siempre.

Es curioso cómo se conocen las personas a lo largo de la vida. Unas pasan sin pena ni gloria, pero otras pueden llegar a dejar una gran huella. Parte de la vida es saber decir adiós, dejar ir a personas y aceptar que, probablemente, no las volverás a ver —por mucho que no quieras que eso pase—. Esta vez, las chicas italianas y el grupo español se despidieron prometiendo que no iba a ser un adiós, sino un hasta luego. Y es que nuestros protagonistas habían forjado una relación especial.

Si después de leer esto aún dudas si hacer un Erasmus o no, hazlo. Y si no puedes, recuerda que en tu ciudad también puedes conocer a gente de distintas nacionalidades y vivir una experiencia internacional. Solo tienes que estar dispuesto a ello.

A modo de conclusión, basten las palabras de una de las protagonistas de esta historia, que resumen a la perfección lo que esta experiencia es: “Mucha fiesta, pero mucha cultura también”.

Dedicado a Cristina, Gaia, Roya y Julie. You’ll be always welcome!

Autora: Lucía Sáez Gonzalvo

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