Las cookies han conseguido optimizar la publicidad en Internet, pero esto también conlleva grandes riesgos.
¿Alguna vez has sentido que tu móvil te conoce demasiado bien? ¿Que sabe de tus intereses más recientes y adapta tu experiencia a ellos? La razón son las cookies. Las cookies son eso que debemos aceptar o denegar cada vez que entramos en una página web. Son lo que hace que Instagram te muestre clips de la serie que estás viendo. Son lo que permite que Amazon recuerde qué añadiste al carrito de la compra la última vez que entraste. Las cookies son lo que forma el internet moderno.
Autor: David Fron
Editora: Ainhoa Montero
Las cookies posibilitan a una página web recolectar datos sobre los usuarios que la visitan y hacer un perfil. Pueden recolectar tu ubicación de conexión, cuánto tiempo pasas en la página, con qué interactúas… Pero también potencialmente tu género, tu etnia, tu rango de edad, tu sexualidad, tu estado civil, tu oficio o incluso tu número móvil.

La mayoría de servicios gratuitos en Internet utilizan esta tecnología. La web 2.0, aquella que permitió la interacción entre el usuario e Internet creando posts, blogs o fotos, creó una crisis en la forma de monetizar muchas industrias y las cookies fueron la solución encontrada.
Si fuera únicamente por los anuncios, páginas como Facebook, ChatGPT o los periódicos sin muro de pago no generarían suficientes ingresos para ser rentables. Sin embargo, las cookies permitieron que cada usuario tuviese una experiencia personalizada, incluso en los anuncios. En un principio, esto es una victoria para las tres partes: las páginas webs consiguen ingresos extras, los anunciantes se ven incentivados al ir su inversión en publicidad a usuarios más proclives a comprar sus productos y los usuarios reciben anuncios en los cuales pueden estar más interesados. Pero este contrato viene con riesgos.
Los peligros de la publicidad personalizada
La frase “si es gratis, el producto eres tú” se ha convertido en un clásico al tratar este tema. El objetivo último de cualquier empresa, como es lógico, es generar beneficios, pero sus métodos pueden ser de poca confianza. Este problema ha existido siempre, pero saltó a primera plana en 2018 con el escándalo de Facebook-Cambridge Analytica. Durante la década de 2010, Facebook permitía a algunas apps afiliadas conseguir los datos personales de sus usuarios.
En el caso de This Is Your Digital Life de la compañía Cambridge Analytica, la aplicación guardaba los datos de los usuarios y de los amigos en Facebook del usuario sin su consentimiento. Después, estos datos eran depurados para realizar perfiles psicológicos y de personalidad con el objetivo expreso de lograr una experiencia que pudiera condicionar de la forma más efectiva a cada usuario. Estos perfiles serían usados para convencer en 2016 a los votantes de que eligiesen a Donald Trump en las elecciones.
En 2018, el ex-empleado de Cambridge Analytica Christopher Wylie declaró a The Guardian: “Estás susurrando en el oído de todo votante y quizás estés susurrando una cosa a un votante y otra a otro votante. Nos arriesgamos a fragmentar la sociedad en una forma en la que ya no tenemos experiencias ni entendimiento compartido”.
Sin embargo, este tipo de acciones son incluso más comunes a más pequeña escala. Los anuncios en Twitter sobre una cura milagrosa para el Alzheimer de tu madre, las llamadas de spam que intentan engañarte para conseguir tu cuenta bancaria o que el gobierno o ciertos grupos sepan a qué centro religioso acudes, qué sede de partido visitas o si vas a una clínica de interrupción del embarazo. O incluso en los casos más dramáticos, que una superviviente de violencia doméstica o un testigo protegido puedan ser localizados por aquellos que quieren hacerle daño.
¿Pero cómo accede a esta información la gente? La mayoría de páginas usan a un intermediario entre ellas y los anunciantes. No tienen ni el conocimiento ni las herramientas necesarias para saber interpretar los datos que acumulan. Ahí es donde entran los data brokers. Un data broker es una persona que compra la información acumulada por las cookies o por otros medios, interpretan los datos para generar perfiles y los venden a quienes les interese, como los anunciantes. Estos datos los puede comprar quien sea con el propósito que quiera. Es en este momento donde los actores malintencionados aparecen.
La protección de datos en Europa
La Unión Europea es una de las zonas del mundo con más preocupación acerca de estas prácticas. Motivada por la presunta implicación de Cambridge Analytica en la victoria del Brexit y las posibles intromisiones rusas en la política europea, se han llevado a cabo numerosas legislaciones al respecto. La más conocida es aquella que obliga a las páginas a avisarte de qué datos están recolectando y permitiéndote rechazarlo. Sin embargo, las webs han encontrado formas de dificultar el proceso a través de largas listas de cookies que debes ir desactivando una a una o directamente solo permitiendo desactivarlas a los suscriptores.

La UE también ha multado en diversas ocasiones a las plataformas por su opacidad en el tratamiento de datos, pero no parece haber acabado con las prácticas.
Las cookies son necesarias para el Internet que tenemos, sin ellas el modelo empresarial es inviable. En un vacío son positivas para las páginas, los anunciantes y los usuarios. Sin embargo, las nuevas tecnologías siempre conllevan riesgos los cuales se deben afrontar y no olvidar, sobre todo ante algo tan sensible como son nuestros datos.
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