Los algoritmos, ¿ayudan o controlan?

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Autora: Erika Suárez

El uso de los algoritmos se ha convertido en algo común en la seguridad, la política, la salud, la educación… y ahora también en el arte.

Un algoritmo diseñado por el Google Arts & Culture y el Museo Belvedere de Austria ha recuperado tres cuadros del célebre pintor Gustav Klimt, que fueron destruidos durante la Segunda Guerra Mundial y de los cuales solo se conservaban fotografías en blanco y negro.

El ingeniero de Google Emil Wallner programó un algoritmo capaz de aprender a pintar como Klimt mostrándole cuadros anteriores, textos descriptivos de sus obras y fotografías de objetos reales de la época para que asimilara las formas, las texturas y el cromatismo propio del pintor austriaco. Gracias a la inteligencia artificial se ha recuperado el color original de tres cuadros que representan la Jurisprudencia, la Medicina y la Filosofía, encargados por la Universidad de Viena y hoy perdidos.

Aplicaciones de la Inteligencia Artificial

Un algoritmo es un conjunto de instrucciones que, aplicadas a unos datos de entrada apropiados, resuelve un problema realizando una serie de pasos. Cuando los algoritmos se unen a los ordenadores es cuando se produce la magia. Todo programa informático es un algoritmo escrito en un lenguaje de programación, que da lugar a miles de operaciones a partir de corrientes eléctricas, representadas por los famosos unos y ceros, en el procesador.

La Inteligencia Artificial, conocida como IA, consiste en combinar algoritmos con el fin de que las máquinas puedan aprender por sí mismas para adquirir capacidades y realizar acciones propias del ser humano. Asombra contemplar cómo la IA automatiza muchas labores que antes desempeñaban los seres humanos, y que las resuelva con más rapidez y precisión. Se utiliza para predecir resultados electorales, monitorizar pacientes, calificar pruebas, recomendar productos, controlar y vigilar recintos y hasta diagnosticar enfermedades.

Por ejemplo, el pasado mes de noviembre se anunció que un grupo de investigadores del Hospital Universitario de la Princesa de Madrid había creado un algoritmo capaz de vaticinar si un paciente podía desarrollar fibrilación auricular, una arritmia muy común que puede desembocar en un ictus, en los próximos dos años. Estos profesionales analizaron miles de cardiogramas que el hospital guardaba digitalizados e introdujeron al algoritmo los datos pertinentes para que este pudiera analizar parámetros y elaborar escalas de riesgo reconociendo las variables que le mostraba el electrocardiógrafo.

Los riesgos de la IA

Sin embargo, es cierto que también se corre el riesgo de que la IA puede ser empleada con otros propósitos de moral cuestionable.

Algunos algoritmos utilizados por empresas como Facebook o Google son capaces de predecir y guiar nuestras decisiones en múltiples aspectos de nuestra vida. Hay programas que se dedican a almacenar todos los datos digitales que damos en los buscadores, en las redes sociales y en el teléfono móvil, y de analizarlos para conocer cómo somos, qué nos gusta, con quién hablamos o hacia dónde vamos. Después esos programas nos lanzan mensajes basados en la información que han recabado para llamar nuestra atención y que pasemos más tiempo en su plataforma o compremos cosas que no necesitamos.

Ante situaciones tan inquietantes como estas toman fuerza las falacias que ponen en duda las ventajas de la IA. Para evitar falsas afirmaciones lo mejor es conocer el funcionamiento de estos dispositivos informáticos que están cambiando el mundo de forma definitiva. Nuestra turbación se basa en ideas equivocadas sobre las verdaderas capacidades de estas herramientas, como que son completamente independientes, pueden resolver cualquier problema o van a reemplazar a las personas.

El manejo de los algoritmos conlleva muchas ventajas que debemos aprovechar para mejorar nuestros servicios y crear un mundo más eficiente y avanzado. No debemos olvidar que los algoritmos no son autónomos, sino que detrás de ellos hay siempre un ser humano; de modo que no se trata de si la tecnología es buena o mala, sino de si el uso que se hace de ella es con fines que favorezcan a los humanos o les perjudiquen.

¿Seremos capaces de gestionar correctamente una tecnología tan poderosa?

Editor: Miguel A. Esteban

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