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¿De dónde eres?

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Autora y fotografías: Anna Melinda Biro

A pesar de ser una pregunta sencilla, es de las que más me cuesta responder. No porque me avergüence de mis orígenes. Es más complicado que eso, simplemente no sé qué decir. Para ahorrarme explicaciones, digo que soy de un pueblo de Teruel, La Puebla de Valverde. Este es el sitio que me ha visto crecer. En España empecé Infantil, después hice Primaria, le sigue la ESO y la graduación del Bachillerato de Humanidades. Hasta hoy que curso tercero del grado de Periodismo.

A lo largo de estos años he hecho y deshecho amistades, me he comulgado, he celebrado mis primeros Reyes, carnavales y fiestas patronales. Pero hay una cancioncilla que suena en mi cabeza cada vez que alguien se interesa por mis orígenes, y es que haber nacido en otro país no me hace lo suficientemente española. Nunca falta el “pero si no se te nota” o el “qué bien hablas español”.

En Rumanía al revés, a pesar de ser mi país natal, siempre seré la española que viene a ver a la familia de vez en cuando y que se marcha al acabar las vacaciones a la buena vida donde los problemas son los mismos, pero aminorados. Tampoco soy enteramente húngara, es mi lengua materna y soy de la parte húngara de Rumanía, mis raíces florecen de la cultura húngara y ninguno de mis abuelos posen la nacionalidad rumana, todos húngaros. Supongo que emigrar no los hace merecedores de seguir portando la bandera tricolor: rojo, blanco y verde, por ello tampoco a sus herederos.

Esto me hace cuestionarme en ocasiones si en realidad estoy en tierra de nadie. Ni una cosa ni la otra.

Como yo, está el otro 36% restante de menores de 20 años con padres inmigrantes, los de la llamada segunda generación. Las cifras no mienten, y la crisis identitaria es real, el 50% de los hijos de inmigrantes en España se autoidentifican como españoles, mientras que la otra mitad no lo hacen.

Sí cierto es que no todos sabemos lo que es la discriminación, llevar la etiqueta de foráneo no hace justicia a todo el trabajo que hay detrás de adaptación por parte de aquellas personas que hemos emigrado. Yo lo tuve fácil, al llegar con tres meses, mi primera palabra fue en castellano. En mi casa no se hablaba el idioma, mi madre lo aprendió con las telenovelas, diccionarios y mucho empeño y, aunque de vez en cuando se le escape un seseo que delata su acento, puedo decir que hizo un gran trabajo ayudándonos con los deberes.

Mi padre vino a visitar a un amigo que tenía en el país y hubo algo de él que le cautivó. La cercanía de la gente, la gastronomía, el clima, y sobre todo, las oportunidades. Trabajó de albañil toda su vida y en el pueblo se le recuerda con cariño en cada casa en la que puso un ladrillo. Él, a diferencia de mi madre, aprendió el idioma trabajando, adquiría las órdenes de su jefe como si clases de castellano se trataran. Donde había una orden, él veía una lección.

Al llegar a casa, el castellano lo dejaba en la calle como los zapatos en la entrada y se ponía ropa tan cómoda como la sensación que da entender un idioma. El húngaro, que hablaba con mi madre. Mis hermanas y yo alcanzamos ya la edad en la que los niños no callan y la educación que estábamos recibiendo en el colegio caló tanto que no había quién nos hiciera hablar “el idioma de casa”. Mis padres se acabaron rindiendo, y que yo recuerde, solo nos hemos vuelto a hablar en húngaro cuando hay una bronca de por medio.

Con mi madre mezclamos idiomas y ella ya duda en cómo se dicen las cosas de una u otra forma.

Las videollamadas con la familia siempre traían ilusión, húngaro, rumano y castellano son los tres idiomas que podíamos llegar a mezclar en una llamada según quién dijera qué.
La gastronomía nunca ha sido pobre o aburrida, comida rumana en Navidad, húngara en Semana Santa y cada vez más española desde que mi madre aprendió a hacer la tortilla de patata.

Hoy echo la vista atrás y me doy cuenta de lo afortunada que soy, lejos de los estigmas que se asocian a los inmigrantes lo he tenido todo, y mis padres han trabajado por ello.
Sin darme cuenta, he crecido al filo de tres culturas muy diferentes entre sí que han hecho de mí quien hoy soy. He conocido la multiculturalidad y mi nombre compuesto lo corrobora.
Sin estar en tierra de nadie, estoy en tierra de todos. Por eso creo que puedo decir que no soy ni de aquí ni de allá, soy ciudadana del mundo, una de muchos.

Una de las muchas personas que llegaron a este país gracias a sus padres y el impulso de buscar nuevas oportunidades. No para robar trabajos, no para delinquir, tampoco para imponer mis costumbres o negarle a nadie las suyas, simplemente para vivir.

Es por eso que pertenezco a mis tres culturas tanto como ellas me pertenecen a mí.

 

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